jueves, 7 de julio de 2016

Beatriz

-¡Huye!
Eso fue lo que oyó antes de salir galopando por los portones de una Florencia que comenzaba a cerrarse a su espalda, exiliándolo.
El caballo cayó exhausto y no había ninguna casa de postas cercana, así que le tocaba caminar.
Anduvo entre los bosques durante horas, quizás días ya que tuvo que echar un par de sueños gracias a que se hallaba exhausto.
Lo habían desterrado; desterrado de su propia ciudad por batirse en duelo con el hombre que rivalizaba con él por el amor de su amada.
El aroma a especias inundaba el mercado mientras que los aceros entrechocando rompían un silencio entre la muchedumbre tan tenso como la cuerda de un violín y de vez en cuando un alarido de los dos hombres que se batían provocaba el asombro del público.
El sudor acompañaba a las especias y más tarde se unió al cuadro la sangre, la sangre del contrincante de Leonardo, el ahora exiliado.
Recordó aquellos instantes y recordó los bellos ojos verdes de Beatriz, aquellos que eran el amazonas reducido a un par de piedras rúnicas de una belleza inigualable.
Recordó su sonrisa, aquella que provocaba que se le cerrase ligeramente el ojo izquierdo y dejaba al descubierto aquel pequeño colmillo del mismo lado.
Recordó sus caricias, aquellas que lo estremecían y le ponían la piel de gallina. Habría dado cualquier cosa por otra caricia así.
Y por último recordó su pelo, largo y rubio, hecho de hebras de oro que relucían como los rayos del sol y le hacían cosquillas en la cara cuando lo besaba.
Todo aquello fue lo que recordó mientras yacía tendido sobre la hierba teñida de sangre con aquellos guardias rodeándole, riendo y celebrando su éxito.
En aquel momento comprendió que el amor podía matar, pero al menos seguía dándole la vida después de todo. Había merecido la pena.

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